Quiero operarme

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Pensando en aumentarse el pecho
Olga está acomplejada con su físico. A sus 17 años cree que tiene poco pecho. Se compara continuamente con sus compañeras y con las chicas que salen en las revistas. Hace tiempo que utiliza sujetador con relleno, pero ella está preocupada por el verano: no podrá lucir una figura sensual en la playa, como el resto de sus amigas. Además, está convencida de que esa es la razón de que los chicos no se fijen en ella.

Muchas personas, como Olga, viven obsesionadas por su físico. Son capaces de pasar hambre, de sufrir duras horas de gimnasio e incluso de someterse a peligrosas operaciones quirúrgicas con tal de eliminar esos kilos de más, de aplanar el vientre, de tener un dorso musculoso, de poder lucir una figura más sensual o de quitarse unos cuantos años de encima.

Vivimos una auténtica cultura del cuerpo. El cine y la televisión nos bombardean continuamente con figuras perfectas, mientras que la publicidad nos insta a lograr un “cuerpo envidiable”. Su canon de belleza nos tiraniza. Perseguimos una imagen ilusoria de nosotros mismos y ciframos la felicidad en alcanzarla. Proclamamos eso de “mi cuerpo es mío”, pero nos sentimos esclavizados por él.

Los centros de estética se han convertido en auténticos templos de la religión del cuerpo, en dispensadores de una felicidad a la carta. Eliminar la celulitis, aumentar los pechos, deshacerse de esos antiestéticos michelines, estirarse la cara, implantarse cabello, depilarse, quitarse las patas de gallo y las ojeras, retocarse la nariz, disimular la papada, es sólo cuestión de ponerse en manos de especialistas. La nueva tecnología láser, los modernos métodos de liposucción, la cirugía plástica, los recientes tratamientos adelgazantes, las milagrosas pastillas, mascarillas y cremas rejuvenecedoras ponen al alcance de cualquiera algo que se ha convertido en un derecho primordial: tener un cuerpo perfecto.

La sociedad pone el deseo y también la solución. No es extraño, por tanto, que nuestros hijos estén preocupados por su físico, que pasen horas enteras mirándose al espejo y que estén dispuestos a pasar por el quirófano para corregir lo que no les gusta. Lo que tenemos que hacer los padres es enseñarles a mirarse más adentro, donde se encontrarán realmente a sí mismos.

Para ello, podemos seguir estas recomendaciones:

  • Crear un espíritu crítico respecto a los modelos que nos presentan los medios de comunicación, el cine y la publicidad. En publicidad los montajes no son metáforas.
  • Cuidar el ejemplo que les damos. Si nos ven a nosotros obsesionados por nuestro cuerpo, es lógico que ellos también se obsesionen.
  • Enseñarles a aceptarse como son y a valorarse a sí mismos, así como a aceptar y valorar a los demás. A veces les educamos en la competitividad y el perfeccionismo, sin darnos cuenta de que estas actitudes pueden provocar este tipo de situaciones.
  • Valorar si realmente son objetivos o están distorsionando la realidad. A veces pueden dramatizar en exceso una situación no tan trágica como puede parecer desde su perspectiva.
  • Entender que para él o ella ese defecto puede ser muy importante, aunque a nosotros nos parezca “una tontería”. Que logremos desviar el tema no significa que no nos lo tomemos con seriedad. Hacer bromas en este aspecto puede ser muy hiriente.
  • Fijarnos en sus aspectos positivos: su sonrisa, su simpatía, su agudeza, su voz, su bondad, su buen humor, su altura, su serenidad… Cada padre, cada madre, sabrá destacar algo de su hijo o hija que le sirva para espantar el fantasma de los complejos tan frecuentes en esta edad.
  • Hablarles de los riesgos reales de este tipo de prácticas.
  • Si lo que pretenden es razonable, consultar con un especialista. No tenemos que oponernos a que mejoren su cuerpo, sino a que corran riesgos innecesarios, tanto físicos como psíquicos. A veces, una intervención de cirugía plástica elimina un complejo que pesa como una losa sobre su vida personal; en cambio, otras veces, la misma “solución” supone un desequilibrio emocional.
  • Aplazar la intervención, en el caso de que la soliciten. A veces se trata de un pronto de la edad. Si se deja pasar un tiempo, puede que la obsesión desaparezca.
  • Tener en cuenta que no siempre la solución es fácil y lo que necesita nuestro hijo es un cambio interior. En casos críticos, deberemos buscar la ayuda de un psicólogo.
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2 respuestas a Quiero operarme

  1. Puedo aportar algo a lo que aquí se plantea. Estoy de acuerdo en que con los adolescentes y muy jóvenes hay que dilatar el remedio sobre cualquier deseo de mejorar su aspecto físico, de modo que lo maduren o lo superen.
    Sin exagerar -no es el máximo de los valores la belleza- hay que prestar también atención a las posibilidades que actualmente ofrece la medicina para mejorar, sobre todo, las huellas que van dejando los años.
    No está mal el tratamiento de una dermis facial envejecida por los años o manchada por el exceso de sol. El riesgo de estos tratamientos es mínimo o nulo, y los beneficios, importantes, adecuados especialmente para las personas que deben presentar su imagen ante el público, en mayor o menor grado.
    Entiendo que esa actuación no tiene nada que ver con la publicidad engañosa, ni el culto al cuerpo. Y que la dignidad de la persona y el respeto a los demás son perfectamente compatibles con la búsqueda moderada de la mejora de la imagen.
    Mª Antonia Carrascosa, es médico de Nutrición y Estética, en ejercicio desde hace veinte años.

  2. Ramón Mendiburu dijo:

    Me acuerdo de un chico que, para ligar con una chica, le decía “ya sé que soy feo, pero déjame hablarte 5 minutos”. Y es que tenía una labia y una amenidad que se las traía de calle. Pues eso, hay que asumirse cada cual con sus limitaciones y también con sus virtudes a cultivar.

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