El fútbol es mucho más que un deporte. Basta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta que está en todas partes. El fútbol llena las tardes del fin de semana, las tertulias, los telediarios y las noticias deportivas de los periódicos, ocupa grandes titulares, es un espectáculo, un negocio, un arte… Pero lo más importante es que el deporte rey tiene un poderoso valor educativo, es decir, que el fútbol educa… y también deseduca. 
Ningún maestro, por muy bueno que sea, es capaz de despertar en sus alumnos el interés que despierta el fútbol. Éste cuenta a su favor con la motivación, la atención y el fervor de los aficionados, mientras que aquél debe comenzar por motivar y captar la atención de sus pupilos, y en contadas ocasiones consigue que le tengan un fervor que se parezca siquiera al que le tienen a cualquier jugador de su equipo preferido.
Un niño puede aprender muchas cosas positivas del fútbol: a prepararse bien, a superarse cada día, a luchar, a colaborar con los compañeros, a acatar las normas, a saber ganar, a saber perder, a respetar al rival, etc. Sin embargo, también puede ilustrarse en diversas artimañas poco honorables como: intentar engañar al árbitro, insultar, adelantarse la pelota, simular una lesión, perder tiempo, jugar sucio… Además el fútbol no hace valoraciones, sino que mete todo en el mismo saco: elogia al jugador respetuoso, pero también al que gracias a sus argucias, aunque sean poco deportivas, hace que gane su equipo. Basta recordar aquel gol con la mano de Maradona: muy pocos lo denunciaron (quizá sólo los ingleses), para el resto fue “la mano de Dios”, de la que todavía se habla como la gran jugada del astro argentino.
Pero la fuerza educativa del fútbol radica sobre todo en que él ofrece a los niños y a los jóvenes verdaderos modelos de conducta: son los futbolistas de elite, como Messi, Casillas, Villa, Fernando Torres, Iniesta, Cristiano Ronaldo, Neymar… Sus fotos están colgadas en las paredes de las habitaciones, en las carpetas del cole, en los fondos de escritorio de los ordenadores, en las pantallas de los móviles de miles de chicos y chicas. Son sus ídolos y representan lo que ellos quieren ser; lo que hacen, lo que dicen, su forma de vestir, de hablar, de actuar se convierten en un modelo a imitar.
Todos esos jugadores cumplen una función educativa y, por eso, tienen una responsabilidad que va más allá de jugar bien o mal al fútbol. Deberían ser conscientes de la trascendencia que puede llegar a tener todo lo que dicen y hacen. Posiblemente les haya correspondido una misión para la que no están preparados; sin embargo, tendrían que prepararse para llevarla a cabo lo mejor posible tanto como se preparan para jugar al fútbol. No estamos de acuerdo con algo que una vez dijo Maradona: “Sólo les pido que me dejen vivir mi propia vida: yo nunca quise ser un ejemplo”. Cuando alguien tiene una vida pública y vive de ello, no puede esconder la cabeza como el avestruz.
Por todo ello, cuando “los pies pierden la cabeza”, cuando los jugadores hacen declaraciones desafortunadas, insultan, engañan o tratan a patadas a un contrincante, deberían ser sancionados con una gran tarjeta roja especial para que se den cuenta del daño que causan a todos esos niños y jóvenes que los veneran.
Esos ídolos de barro viven (y viven muy bien) gracias a los niños y jóvenes que ahora compran sus camisetas y que en el futuro llenarán los estadios. Lo mínimo que pueden hacer es ser agradecidos y saldar esa deuda social siendo modelos positivos. Muchos lo son, todo hay que decirlo, pero, por desgracia, algunos no están a la altura.







Existe una novela infantil que aborda la mitomanía en la que acaban muchos chicos con el fútbol: La camiseta de Óscar (editorial Bambú). La protagonista, Claudia, admira a un jugador. Sin embargo, un suceso provoca que lo conozca. La niña madurará y aprenderá a ser más libre. Recomiendo esa novela a lectores a partir de 8 años que anima a tener espíritu crítico ante los ídolos impuestos por los mercados (el fútbol es un gran negocio).