Tras una larga competición deportiva sólo hay un equipo que acaba levantando la copa. Es el que mejor ha jugado, el más regular, el más competitivo. Tras una dura temporada llena de sacrificios, de rigurosos entrenamientos, lesiones, partidos difíciles, momentos de crisis y de dudas, tras haber puesto toda la ilusión en cada encuentro, llega la recompensa. Por fin se puede celebrar la victoria: la tan ansiada copa está en las manos de los ganadores y ya pueden levantarla sobre sus cabezas. Sigue leyendo

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Los autores del blog llevan más de veinticinco años dedicados a la enseñanza, durante los cuales han acumulado mucha experiencia tanto en el trato con padres como con alumnos. Pilar es pedagoga y trabaja como profesora y orientadora. Carlos es doctor en filosofía y escritor. Juntos escriben libros, imparten conferencias y asesoran en temas educativos. Son padres de dos hijos.Nos interesa
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De la web de ACEPRENSA- Campaña de choque contra el alcoholismo juvenilLa Fundación española FAD lanza una dura campaña para frenar el consumo de alcohol entre los jóvenes. [LIBRE ACCESO] […]
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Cuando algo se rompe se suele hacer añicos también lo que lleva dentro. Por eso, las primeras víctimas inocentes de la separación de los padres son los hijos. Por muy bien que se lleven las cosas, los daños colaterales son inevitables; por mucho sentido común que se ponga, los afectos salen afectados, y por poco sufrimiento que se cause, se causa mucho. Llegada la situación, no hay que buscar culpables, sino afrontarla lo mejor posible, sobre todo, pensando en los hijos.
Amy Cheney es una madre de tres hijos, maestra de infantil y escritora. Hace unos días publicó en su
Albert Einstein decía que “Dios utiliza las coincidencias para seguir en el anonimato”. Algo parecido debemos hacer los padres: interferir lo mínimo en el desarrollo personal de nuestros hijos, permanecer en un segundo plano, dejarles crecer. Eso no significa, lógicamente, que tengamos que desaparecer, ni mucho menos, sino que tenemos que estar, pero sin que se note demasiado; de lo contrario, no dejaremos que sean ellos los protagonistas de su vida.
La conciencia es la brújula que nos guía en nuestro obrar. Si las agujas de la brújula se mueven caprichosamente, difícilmente nos podremos orientar: iremos a la deriva. ¿Y qué pasa si vamos a la deriva? Que corremos el peligro de naufragar como personas, de desorientarnos totalmente, de confundir el bien con lo conveniente, lo placentero o lo útil, de perder el norte, esa referencia que necesitamos en nuestro viaje. Externamente, nuestra vida será “normal”; sin embargo, quizá no sea una vida plenamente humana, sino la de una marioneta manejada por los hilos del azar. 