Los padres no cerramos por vacaciones

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La escuela, como muchos otros servicios, cierra por vacaciones. Todos tenemos derecho a unos días de asueto, a un periodo de descanso y a disfrutar del verano: profesores, periodistas, albañiles, abogados, agricultores, soldados, parlamentarios, conductores, jueces, peluqueros, empresarios, oficinistas, funcionarios… Todos, menos los padres.

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¿Bebés o muñecos?

Bebé en recipiente de chiclesA menudo, a los hijos los tratamos como a muñecos. Sobre todo, ocurre con los bebés. Es como si, a veces, se nos olvidara que son seres humanos porque parecen tiernos como muñequitos de goma y se dejan hacer sin protestar. Jugamos con ellos, los cuidamos, les cantamos y susurramos, los acariciamos, los besamos, los miramos y remiramos, los fotografiamos… Todo eso está muy bien: qué madre o qué padre no lo ha hecho una y mil veces; pero, en algunos casos, nos pasamos de la raya y tratamos a nuestros bebés como si fueran juguetes.

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Educar sin prisa

educar-sin-prisaUno de los mayores enemigos de la educación es la prisa. Querer que nuestros hijos sean los primeros en hablar, en andar, en montar en bici, en aprender a leer y a escribir, en saberse las tablas de multiplicar, en dominar un segundo idioma… suele ser la aspiración de casi todos los padres.

Así que cuando la naturaleza impone un ritmo más lento que el que nosotros esperamos nos angustiamos y comenzamos a ponernos nerviosos: “¿Cuándo hablará bien?”, “¿Por qué no anda todavía?”, “¡Ya debería saber montar en bici!”, “¡Aún no lee bien!”, “A su edad y tiene una letra muy infantil”, “¡Qué podemos hacer para que se aprenda las tablas de una vez!, “Otros ya hablan inglés”… Estos padres se agobian y agobian a sus hijos sin una razón científicamente sostenible, sino únicamente porque no cumplen sus expectativas.

La maduración física, intelectual y afectiva de nuestros hijos no es una carrera contrarreloj, sino un proceso con una cadencia propia que a veces puede parecer incluso caprichosa. La estadística establece los márgenes de la normalidad, que suelen ser mucho más amplios de lo que nos imaginamos; sin embargo, nosotros nos fijamos más en el corredor de la calle de al lado o en el que va marcando los mejores tiempos.

Cuando nos preocupa su lentitud y consultamos con un especialista, con el pediatra o con el pedagogo, nos solemos encontrar –salvo algunas excepciones, claro está– con que nuestro hijo se encuentra entre los parámetros de la normalidad. Sin embargo, el dato no nos tranquiliza porque no nos conformamos con lo normal, sino que queremos que sobresalga, que bata un record, no importa en qué modalidad.

La trayectoria hacia la madurez no es una prueba de velocidad, sino una carrera de fondo. De poco sirve una salida explosiva, porque lo importante es llegar al final. Ser el primero en llegar a los controles intermedios solo sirve para engrosar el orgullo de los padres que están en la grada; lo que cuenta de verdad es llegar bien, sobre todo, a la línea de meta.

Si la prisa es el enemigo de la educación, la paciencia es su gran aliado. La necesitamos en todo momento y circunstancia: con el hijo lento, pero también con el que va muy deprisa; con el que le cuesta y con el que va sobrado; con el que tiene problemas y con el que todo parece tan fácil; con el que siempre llega primero y con el que siempre llega el último. Como decía el cirujano francés, Guillaume Dupuytren, “no hemos de apresurarnos, porque no tenemos tiempo que perder”.

En educación no hay soluciones rápidas; se educa a fuego lento. Más que de tupper y microondas, se trata de cazuela y pol-pol. Dejarse ganar por la prisa nos puede llevar a subir el fuego y a que se nos queme la comida.

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Balones fuera

No es lo mismo que se te vaya un balón a las nubes, como se suele decir, que echarlo fuera voluntariamente. El crack argentino, Leo Messi, el mejor jugador de fútbol del mundo, hizo ambas cosas en la final de la Copa América. En la tanda de penaltis se le fue el balón por encima de la portería… y su equipo perdió. Tras la derrota fue cuando, vencido por la impotencia, echó el balón fuera: declaró que dejaba la Selección.

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Amores de verano

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En verano muchos adolescentes descubren el amor. Esta época del año suele ser cuando Cupido hace de las suyas y asaetea los corazones bisoños e inocentes, pero que están en su más brioso latido. El dios del amor encuentra en los días de verano oportunidades propicias: los adolescentes salen más, se hallan en más situaciones festivas y relajadas que durante el curso escolar, conocen a otros chicos y chicas, y las relaciones reales superan a las virtuales.

Un verano, con piscina, playa, excursiones, salidas, campamentos, deporte, fiestas, visitas… es propicio para tocar la realidad, y nada hay tan real como ese primer enamoramiento o ese amor estival. Por supuesto, el veraneo, es decir, el traslado de la familia a otro lugar durante unos días, genera nuevas situaciones para conocer a otros adolescentes. Aunque sea volver al mismo sitio que el año pasado, tenemos que pensar que para nuestro hijo o hija adolescente o preadolescente puede ser totalmente nuevo, porque su forma de ver el mundo ha cambiado.

De un verano a otro, él o ella ya no son los mismos, ni lo son sus amigos. Ya no son chiquillos que salen a jugar, a hacer castillos en la arena, a ver quién llega más lejos tirándose a la piscina… sino exploradores de las emociones que de buenas a primeras bombea con fuerza su corazón.

Y Cupido está al acecho y dispara sus saetas sin ton ni son. ¡Qué dulce sabe ese pinchazo! De pronto, el/la adolescente enamorado/a se convierte en una nube de azúcar y pasa el verano como flotando en el aire. Seguro que la memoria de su móvil registrará momentos inolvidables; pero será su memoria vital la que guardará para siempre, pase lo que pase, un recuerdo imborrable de ese amor de verano que se queda pegado al alma como el caramelo efímero de la nube de azúcar se pega en los labios.

Pero la pegajosa nube de azúcar es también extremadamente volátil. A pesar de la pomposidad de su volumen, su contenido no es más que el de un pequeño dulce; como una tela de araña, se reduce a poca cosa cuando lo aprietas con los dedos. Por eso, los amores de verano, tan intensos, tan pasionales, tan azucarados… no suelen llegar al otoño.

Para un adolescente, el desamor de verano puede ser muy duro porque es la primera vez que sufre de ese mal que escuece tan adentro, donde el agradable dulzor se convierte en amargura, los cálidos días se tornan frío invernal y el otoño es pura melancolía. Nos corresponde a los padres preparar a nuestros hijos para esos amores de verano que suelen acabar rompiendo el corazón. ¿Cómo?

  • En primer lugar, hablando mucho con ellos sobre lo que sienten, verbalizarlo y analizarlo. Enseñarles a discernir entre sentimientos positivos y negativos, entre los que les ayudan y los que les limitan…
  • En segundo lugar, no tomarnos a broma sus sentimientos, pero tampoco hacer un drama. No quitarle importancia, porque para él o ella la tiene, y mucha, pero tampoco magnificar la situación. Hablar del tema cuando lo necesite, pero no volver una y otra vez sobre lo mismo. Dejarle llorar, si tiene que llorar, y que exprese lo que siente.
  • En tercer lugar, ponernos en su lugar. Le puede resultar muy reconfortante que les contemos que a nosotros nos pasó lo mismo y que les expliquemos nuestra experiencia. Nosotros también tuvimos su edad.
  • Por último, ante el desamor, darle mucho cariño y comprensión, y transmitirle optimismo: la persona que le quiera de verdad llegará. Reforzar su autoestima y animarle a superar los pensamientos victimistas.

No todos los amores de verano son efímeros; hay excepciones: amores que hacen que sea verano todo el año.

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Mucho más que un boletín de notas

boletin-notasHuelga decir que los hijos son mucho más que un boletín de notas. Sin embargo, parece que algunos padres a menudo lo olvidan; por lo menos, así lo manifiestan con su forma de reaccionar ante las notas de sus hijos. Montar un drama familiar por dos suspensos resulta tan fuera de lugar como remunerar los aprobados; mirar con lupa los resultados, tan desproporcionado como obviar un sonoro fracaso académico.

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Imprimir carácter

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Se podría decir que la tarea de educar consiste en imprimir carácter.

“Carácter” significa en griego “marca”, por eso el carácter se imprime. El temperamento, en cambio, se tiene, se nace con él; en muchos casos, se hereda. Este nos da una temperatura personal determinada, una disposición blanda o dura a recibir la marca. Por eso, el carácter no se graba en todas las personas de la misma manera: la forma de quedar marcados depende de nosotros mismos, de lo que hagamos con nuestro temperamento, de la educación que recibamos, de los hábitos que adquiramos, del estilo con que nos acostumbremos a responder a los estímulos, de la forma que tengamos de superar los obstáculos que van apareciendo en el camino…

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Agresividad virtual, violencia real

agresividad-virtual-violencia-realEn los últimos años ha aumentado preocupantemente la violencia que ejercen los hijos sobre sus padres. Como pone de manifiesto el Informe Menores violentos, realizado por el Instituto Internacional de Estudios de la Familia, entre 2007 y 2014 los casos de violencia filioparental han crecido un 223% en España, sobre todo, en familias de clases medias y altas. El Informe ha puesto además de manifiesto que el abuso de las TIC juega un papel “dinamizador” de las nuevas conductas violentas: así, por ejemplo, estilos punitivos del tipo “te quedas sin” (ordenador, móvil…), usados como medida educativa habitual, pueden ser en ocasiones el detonante de un acto violento.

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Enseñarles a mirar

ensenarles-a-mirarAlgo profundo y sutil está cambiando en la percepción de la sexualidad de las adolescentes americanas. Así lo ponen de manifiesto sendos libros recientemente publicados: American Girls, de Nancy Jo Sales, y Girls & Sex, de Peggy Orenstein. Estos estudios, basados en entrevistas con chicas adolescentes, detectan que cientos de miles de chicas viven su sexualidad sometidas a lo que demandan las redes sociales, a lo que propone la pornografía y a lo que satisface a los hombres.

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Educar en la delicadeza

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Ni una piedra ni un animal pueden ser delicados. El ser humano, sí, pues la delicadeza es la forma que tiene de estar en el mundo.

Una piedra es una cosa que simplemente está en la naturaleza, no tiene que adaptarse a ella. Si hace frío se enfría; si hace calor, se calienta. No tiene un interior diferente a la exterioridad. Una piedra, podríamos decir, es pura exterioridad, es piedra por dentro y por fuera.

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